#165

En el siglo XVIII el obispo anglicano irlandés George Berkeley llevó la ontología empirista a su última frontera con su más célebre tesis: Ser es ser percibido (Esse est pecipi, en el original en latín). Con ello, no solo reclamaba para los sentidos la exclusiva como vía de acceso al conocimiento de la realidad, rechazando la existencia de ideas innatas, sino que exprimía al máximo el argumento y concluía por negar la existencia de la materia. Toda realidad es realidad mental, pura idea, espíritu. Cualquier conclusión, por audaz que pudiese parecer, se daba por buena con tal de combatir el racionalismo mecanicista, pues este desembocaba irremediablemente en el ateísmo. Está claro que, en el ánimo de Berkeley, merece la pena sacrificar el mundo si con ello salvamos a Dios. En la actualidad, las autoridades políticas europeas, preocupadas por expurgar la internet de contenidos considerados falsos o inconvenientes, así como por hacer efectivo el llamado derecho al olvido (que parece prevalecer sobre el derecho al recuerdo, es decir, a la memoria), reclaman a Google la eliminación de lo indeseado. Google, por lo tanto, debe borrar de sus índices los contenidos proscritos, para evitar que aparezcan como resultado de la pesquisa de algún internauta. Lo prohibido continuará alojado en los servidores correspondientes, pero el buscador monopolista hará como que no lo encuentra. Así las cosas, una paráfrasis del viejo irlandés nos da la clave para solfear la ontología del presente: Ser es ser indexado, o también: Ser es ser computado, o también (menos elegante): Ser es ser objeto de la tecnología de análisis de datos masivos (Big Data). Merece la pena sacrificar el mundo si con ello salvamos el mercado.

Nekane Kawasaki: Filosofía a tiempo parcial. Monarquía Parlamentaria Ediciones.