Educación 2020: ¿qué carajo estamos haciendo?

Por Sonia Zablocki *

El primer título que le había puesto a este breve y para nada exhaustivo comentario sobre las nuevas pedagogías digitales estaba afanosamente inspirado en el libro del surrealista argentino Aldo Pellegrini “Para contribuir a la confusión general”. Sin embargo, el objetivo era, de alguna forma y como nos gusta decir en la escuela poner una palabra sobre  la pregunta que hoy titula el artículo.

Asistimos a un tiempo del cual se carecen reflexiones teóricas en el campo de la pedagogía. Hoy más que nunca el emergente nos pone a prueba. Estábamos todavía pensando en cómo incorporar a la educación las nuevas tecnologías de la comunicación y la información cuando el virus entró en nuestro sistema.

En este nuevo tiempo, en lo que a educación respecta han proliferado multiplicidad de discursos en torno a cómo la pandemia no hace más que recrudecer las deficiencias propias de un sistema educativo vapuleado por el azote neoliberal en los últimos cuatro años en el país, trece en la ciudad de Buenos Aires. 

Se han cargado ya las tintas sobre la profundización de la desigualdad inherente a las condiciones materiales de la educación a distancia. No es a eso a lo que quiero referirme hoy. Se trata de una discusión de superficie, por lo demás urgente, que si bien incide, no alcanza para dar cuenta del estrepitoso fracaso de la educación a Distancia.

Algo similar sucedió cuando nos enfrentamos a la discusión del proyecto educativo del jefe de gobierno de Buenos Aires, Horacio Rodriguez Larreta cuyas caras visibles, unidas carnalmente, fueron la secundaria del futuro y la UNICABA. No argumentamos en profundidad, o no logramos popularizar didácticamente los argumentos fundamentales, por los cuales rechazamos firmemente ese paradigma. Tal vez era mayor el riesgo de parecer conservadores, seguramente nos hubiéramos enredado en un embrollo discursivo contraproducente.

Volvamos entonces al modo en el que entendíamos las tecnologías antes del COVID 19. La inestabilidad, parecía ser una de las pocas constantes en el mundo. Las tecnologías de la información y la comunicación avanzaban (y continúan haciéndolo) vertiginosamente. La llegada de internet, que en un principio había sido analizada con optimismo, como la posibilidad de democratizar el acceso a la información, sirvió para deslegitimar los espacios de producción de saberes. La irrupción de las redes sociales logró  instaurar nuevas formas de control: un poder intangible,  no situado, establecido a partir del autosometimiento. Para Pol Preciado,  “estas técnicas de biovigilancia se introducen dentro del cuerpo, atraviesan la piel, nos penetran; y […] los dispositivos de biocontrol ya no funcionan a través de la represión […]  sino a través de la incitación al consumo y a la producción constante de un placer regulado y cuantificable. Cuanto más consumimos y más sanos estamos mejor somos controlados.” Según Byung Chul Han; “La dominación aumenta su eficacia al delegar a cada uno la vigilancia. El me gusta es el amén digital. Cuando hacemos clic en el botón de me gusta nos sometemos a un entramado de dominación. El smartphone no es solo un eficiente aparato de vigilancia, sino también un confesionario móvil. Facebook es la iglesia, la sinagoga global (literalmente, la congregación) de lo digital.”

Ilustración original de Sofi Roux, Dijon, Francia Junio de 2020

La escuela, por su parte, según es entendida por quienes la defendíamos con ferocidad ante los proyectos de Larreta, implicaba de alguna forma un modo de escapar al nuevo psicopanóptico. Solicitábamos a lxs estudiantes apagar el celular, pensar y construir con otrxs. A su vez, lxs docentes, lxs directivxs, los timbres y horarios de recreo proveían una encarnación del poder. Una representación tangible de los mecanismos normalizadores. Para Foucault, donde hay poder hay resistencia ¿qué hacemos ahora con este poder que no se ubica? Que penetra, pero no encarna. Si bien la resistencia, en muchos casos es solamente la necesaria para seguir sosteniendo los mecanismos de opresión, lxs más optimistas vemos en estas grietas la posibilidad de avanzar, como lo han hecho los movimientos antirracista, feminista y LGTBIQ+, por citar algunos ejemplos.

En la educación a distancia el poder no está. Recuerda al modelo de sujeción neoliberal ejercido por los grandes capitales financieros. En la escuela, muchxs niñxs, bajo la mirada de pocxs adultxs, buscaban la grieta, la mujer del vestido rojo, la falla en la matrix, se tiraban avioncitos, se empujaban, hablaban entre ellxs, aprendían a conocer sus cuerpos en relación con otros cuerpos de pares, de niñxs iguales. Nosotrxs, lxs maestrxs formadxs en los paradigmas educativos posmodernos, podíamos leer estos signos, como una falla en nuestra práctica. Interpretar que las actividades propuestas no resultaban convocantes para lxs estudiantes, barajar y dar de nuevo. Construir colectivamente con lxs niñxs el conocimiento sobre nuestra propia práctica.

En esta nueva situación, cada niñx se encuentra con muchxs adultxs que lx miran (familia y docentes) y de alguna forma más vulnerable a los mecanismos de sujeción actuales. Estxs niñxs, aisladxs de otrxs niñxs, encuentran en las redes sociales la única vía de escape a la mirada de lxs adultxs y así quedan sometidxs al poder sin nombre (sin cuerpo) del panóptico del like.

Las relaciones intersubjetivas entre pares constituyen un eje fundamental del acto educativo. La escuela es el espacio físico donde niñxs y adolescentes pueden desarrollar su subjetividad con otrxs semejantes, buscar las grietas del sistema, descompletando al poder, desde un ámbito de equidad, adquirir en la unidad de muchxs ante un poder de unx o dos maestrxs discernimiento crítico y herramientas para combatir el avasallamiento.

Hoy, a través del zoom silenciamos sus micrófonos, desactivamos la escritura en la pantalla compartida, cerramos el chat, ¿qué carajo estamos haciendo? ¿Sirve el esfuerzo por sostener el vínculo pedagógico a través de la organización de contenidos que son perfectamente googleables? ¿Qué rol ocupan hoy en día los contenidos de la currícula en la escuela? ¿Era realmente tan importante antes de la pandemia? La escuela no se trata de los contenidos,  no era así cuando servía de instrumento de normalización y reclusión en la modernidad y tampoco era así antes del COVID 19. Los contenidos pasaron de ser una excusa para juntarnos a pensar el mundo con otrxs, a ser la base sobre la cual estamos construyendo esta distancia. 

De alguna forma, lxs docentes tenemos que estar, poner una palabra, pero también es necesario que hagamos lugar a la escucha, que busquemos por dónde se encuentra la grieta. Que le demos cuerpo y nombre al ojo de Sauron que nunca se cierra y todo lo ve.

¿Qué carajo estamos haciendo?

* Docente de primaria, Ciudad de Buenos Aires