Entre Google y tú, hay algo personal

Timothy Leary (1920-1996) Psicólogo. Conferencista en Harvard. Entusiasta de la investigación y uso de sustancias psicodélicas a las que nombró tecnologías extáticas. Decía que Internet es más adictivo que la heroína.

Pertenezco a la generación de las computadoras en el hogar. Recuerdo la primera computadora que papá llevó a casa, fue todo un suceso. Una prima que estudiaba informática se encargó de prepararla. Al terminar de cargar el sistema operativo (utilizando discos magnéticos de 5” ¼ ), la computadora estaba lista para utilizarse, mi papá alegre por la herramienta laboral; nosotros, primos y primas pequeños, interesados en los juegos. Ahora, el celular de tu bolsillo posee una capacidad infinitamente superior a aquella primera computadora y el mundo de posibilidades que representa son más que infinitas, pues uno lleva en ese pequeño dispositivo la vida misma, pero hace treinta años todavía había monitores en blanco y negro.

Cuando internet llegó, las computadoras ya contaban con discos duros, aunque su capacidad es risible comparadas con tu tablet actual. Para conectarse a la red de redes, a la super carretera de la información, al ciberespacio tenías que esperar a que marcara al servidor, a través de un ruido extraño y entonces, después de verificar la contraseña, estábamos conectados a una poderosa velocidad de 56kbps, era al principio una aventura de libertad. La inmensidad del internet proporcionaba un sentimiento de anonimato primitivo, si bien la computadora desde la cual te conectabas estaba siempre identificada a través de protocolos informáticos, el anonimato de tu persona era casi asegurado. Entonces surgió Google.

El poderoso buscador, surgido en 1998, hacía más fácil encontrar todo en la bastedad de internet. De repente ya no tenías que buscar en diferentes servidores, Google lo hacía por ti y mostraba los resultados. El servicio ofrecía llevar la experiencia de navegar en internet a otro nivel, solamente pedía una cosa a cambio: entregar tu anonimato. Ahí comenzó todo, un algoritmo alquímico convirtió la entrega de información personal (pérdida de anonimato) en enormes cantidades de dinero. En un espacio sin leyes que lo regularan, diversas empresas se dieron cuenta después del descubrimiento de la mina de oro. Surgió el boom de la redes sociales.

Mi primer red social fue Hi5, en un principio parecía divertido ver las fiestas que hacían algunas amistades y a las cuales nunca fui invitado, pero unos años después (2004) llegó Facebook y toda diversión desapareció, dando inicio a una transformación global en el paradigma sobre el que los seres humanos nos comunicamos. Nunca antes en la historia de la humanidad había estado disponible tanta información para todo el mundo (¿se imaginan a un retrógrada medieval utilizando un celular inteligente?). Las empresas colectaban tanta información y estaban haciendo tanto dinero que el gobierno tuvo que intervenir, y así primero bajo el pretexto de regular los derechos de autor (Ley SOPA 2011) los gobiernos comenzaron a trazar límites legales a un espacio que no existe, a establecer normas para regular la voracidad de los alquimistas del siglo XXI.

Grandes empresas como Alphabet (dueña de google según http://www.abc.xyz), Apple, Facebook Compañy, Twitter, entre otras llegan a saber más de nosotros, que nosotros mismos. El espíritu de libertad y anonimato primigenios con que fue creada la red mundial fue derrotado por las máquinas voraces del capitalismo, a tal grado que ahora los gobiernos buscan legislar para cobrarles jugosos impuestos, mientras el pobre ser humano sigue trabajando anónimo ante el resto, pero con un perfil bien definido para poder ofrecerle la mejor publicidad de todo aquello que esté pensando.