Harta de mi propia generación.

Esta es una colaboración de Fern Guardado, una amiga con la que estuve platicando respecto a nosotros los millennials, y le pedí que escribiera algo en donde expresara todo lo que me comentaba, así que aquí te presento la opinión de una millennial harta de los millennials:

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Fern Guardado-

Claro, como en todas las generaciones, hay cosas buenas y cosas malas; tenemos grandes avances, hemos revolucionado un montón de cosas y sin generalizar, todo se va a la mierda, todos estamos en la mierda. A pesar de toda la información que tenemos a la mano, siguen apareciendo estadísticas donde el embarazo adolescente se incrementa, de enfermedades, de madres solteras; porque creemos saberlo todo y al final demostrar que realmente no sabemos nada, o simplemente lo ignoramos, porque #QuéHueva.

A pesar de contar con un sinfín de recursos para investigar, aprender y razonar; siguen saliendo encabezados como “Millenials descubren la heterosexualidad” o “¿Mojas tu pan antes de comerlo? Tal vez no seas el único, descubre el ‘breading’”; un tanto por mofarse de algunas “ingeniosas ideas” que tienen algunos, otro tanto porque queremos ser parte de algo, queremos ser vistos, queremos ser recordados y en el afán de descubrir algo, terminamos siendo el hazmerreír de otros.

Tenemos un montón de responsabilidades sobre nuestros hombros, hay algunos más conscientes que otros, y a veces a esos les toca cargar más por los que deciden no hacerlo. Cargamos con muchos errores de las generaciones anteriores, pero lejos de corregirlos, parece que solo generamos más: contaminación, sobre-población, explotación de recursos, (…) Tenemos todo en nuestras manos para disminuir el daño causado en el pasado, no seremos los héroes en este cuento, pero definitivamente podríamos hacer más. (Y lo demostramos el 19S)

Luchamos juntos por “ideales” pero las ideas nos separan, creemos que pertenecer a algo nos suma algún tipo de plusvalía, nos hace ser más; cuestionamos cosas que podrían no ser tan relevantes y aceptamos otras con la facilidad que tenemos de dar un “me gusta” en alguna red social. 

Somos necios, sordos y muchas veces hasta ciegos, somos una generación donde la lealtad es un tatuaje, el amor son solo frases bonitas y mentir se ha vuelto la nueva verdad. Mentirle a los padres, mentirle a amigos, a parejas, a nosotros mismos; porque estamos mejor ignorando las cosas que sentimos, que mirándolas de frente y enfrentándolas. 

Una generación donde te piden “el pack” antes que tu nombre y mañana te olvidan, donde el morbo por conocer tu cuerpo, es más fuerte que la curiosidad de conocer tu mente, tus pensamientos, tus gustos, tus miedos. Estamos tan enajenados de los sentimientos propios, como de los demás, que preferimos anestesiar cualquier señal de que estamos sintiendo algo con alcohol, con drogas, con relaciones destructivas porque le tenemos terror a estar solos; y parece que el único momento en el que estamos solos realmente es cuando dormimos.

Necesitamos audífonos en cualquier momento del día donde no tengamos que interactuar con otra persona; incluso el ir al baño ha dejado de ser un momento privado, porque nos aterra escuchar nuestros propios pensamientos o hablar con nosotros mismos y darnos cuenta de lo que estamos haciendo bien o mal; la hora de la comida, una “cita” —aunque honestamente creo que ya es un número realmente pequeño el de personas que salen a citas—, antes de dormir y al abrir los ojos; como si fuéramos tan importantes.

Parece ser que perdimos toda empatía y que la soberbia gobierna nuestro “SER”, lastimando a los demás a diestra y siniestra porque estamos tan rotos, que vamos por ahí dejando huellas de nosotros en cualquier persona que se nos acerque, porque “si ya me lastimaron, lo volverán a hacer”, así que preferimos alejar a cualquiera que nos demuestre que las cosas serán diferentes esta vez.

Herir a las personas una y otra y otra vez, porque prefiero no aceptar lo que yo siento y me vuelvo una víctima de mis propias acciones, pero siempre, tengo que culpar a alguien más, en vez de responsabilizar a alguien y la mayoría de las veces el culpable soy yo.

Somos una generación de “todo desechable”; nuestros utensilios, nuestra ropa, nuestros electrónicos —porque claro, aún sirve, pero como ya salió el nuevo “lo necesito”, aunque hace lo mismo que el mío, solo que es más costoso y eso me da “status”—, y sobre todo las relaciones personales, ya nadie lucha porque creemos que los problemas no tienen solución y lo que me ofrece uno, me lo ofrecerá el siguiente, por qué se embarazó, porque no se cuidó y yo no me tengo que hacer responsable, por qué la persona que quiero no existe realmente y nadie “será suficiente” porque nadie cubrirá las expectativas para el puesto que busco.

Desechar, desechar y desechar, ¿en qué momento los sentimientos se volvieron un activo del que te puedes deshacer cuando “ya no te sirvan”?, es tan solo el miedo de sentir el que nos tiene así. Culpando a los otros cuando las cosas no salen bien, cargando de responsabilidades que no le pertenecen al otro y que debemos resolver por nuestros medios.

Pretendemos que todos los demás están mal y que solo nosotros tenemos la razón, la soberbia con la que vivimos nos hace creer que los planetas giran alrededor de nosotros y que de no ser así se acaba el mundo. El amor se ha convertido en contestar mensajes de texto rápidamente y subir fotos presumiendo lo bien que se va en una relación para darle envidia al otro por el “éxito” de ésta.

Nada nos parece suficiente, ni un amor, ni una amistad, ni una buena charla, ni una buena fiesta; nada “nos llena” por creer que nos encontramos vacíos, nos venden constantemente ideas de lo que debes vivir a tal edad, pero no te dicen cómo, y nos hacen creer que el no tener “eso” te resta valor como persona, gastamos dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para impresionar a personas que no nos importan realmente o, a las que no les importamos.

Vivimos de likes y réplicas a publicaciones, donde si comentas o no comentas es muy importante aunque se trate de una imagen irrelevante como el color de un vestido, y que desencadena peleas sobre quién tiene o no la razón, y preferimos dividirnos y dividirnos y dividirnos, queremos ser “individuos” pero no individuales, porque -como lo he mencionado antes- queremos pertenecer porque la soledad es terrible.
La presión ejercida por la sociedad en general, nos “orilla” a realizar actos realmente estúpidos. Para no quedarnos atrás, para no ser vírgenes (en cualquier ámbito y no solo hablo de lo sexual), cedemos poco a poco a esa presión que se suma a la que nosotros mismos nos adjudicamos y terminamos realizando cosas que nos perjudican o a alguien más. Sin saber que el único que debería juzgar si debemos o no hacer algo, es uno mismo.

 


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