Internet no tiene la culpa de la división social

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El pasado 8 de marzo la revista Science publicaba uno de esos estudios que dan de qué hablar y que son para reflexionar.

Según recogían varios medios, entre ellos la Agencia SINC, el trabajo muestra que en Twitter las noticias falsas se difunden un 70% más rápido que la información veraz. Los investigadores llegaron a esa conclusión después de analizar la mayor muestra hasta el momento en este tipo de estudios: 126.000 historias tuiteadas por tres millones de personas unas 4,5 millones de veces entre 2006 y 2017.

Se halló que las historias falsas son difundidas más ampliamente que las verdaderas en todos los temas analizados, incluyendo negocios, terrorismo, ciencia y tecnología, siendo las de contenido político aquellas que fueron más compartidas.

Otra conclusión importante del estudio hace referencia a quién difunde esas noticias falsas. Como dice la reseña de Agencia SINC:

Contrariamente a lo que se creía, el análisis constató que las noticias falsas se difunden más rápido que la verdad porque los humanos, no los robots, tienen más probabilidades de propagarlas.

A cuento de estas conclusiones, me gustaría hacer unos apuntes generales que tienen que ver con algunas de las cosas que ya sabemos sobre la difusión de noticias falsas en Internet, y porqué eso que ya sabemos viene a desmentir que Internet sea la causa de la polarización social que se percibe en nuestros días. Además, también haré alguna referencia a por qué nos empeñamos en culpar a Internet de dicha polarización, y apuntaré alguna modesta propuesta de qué podríamos hacer para cambiar nuestra relación con la información y la manera en que la usamos y difundimos.

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Siendo un poco maliciosos, lo primero que podríamos decir respecto al estudio de Science es que lo sorprendente es que el hallazgo de que la información falsa se propague con más facilidad que la cierta haya causado sorpresa. Luis Alfonso Gámez, de la plataforma Magonia (una referencia en cuanto al escepticismo y la lucha contra las pseudociencias) lo expresaba así en Twitter:

Gámez estaba siendo sarcástico, claro. El trabajo de Science tiene el valor de aportar datos y evidencias a un área de estudio necesitada de datos y evidencias. Pero el caso es que, antes del estudio de Science, ya existían datos y evidencias que apuntaban a esos mismos resultados. Pensemos en la cuestión de la responsabilidad individual a la hora de difundir información poco veraz.

El argumento estándar suele ser que las redes sociales nos encierran en filtros burbuja con sus algoritmos de recomendación basados en cuentas o en contenidos que ya hemos compartido. Según la idea del filtro burbuja, analizada por primera vez por Eli Pariser en 2011, los usuarios quedaríamos aislados de la información que no coincide con nuestros puntos de vista, perdiendo por tanto la oportunidad de examinar nuestros opiniones de una manera crítica. El resultado global es que se produce la polarización social, y la esfera pública queda gravemente dañada (y con ella la democracia misma).

Supuestamente las noticias falsas encajarían en esta dinámica potenciando la burbuja filtro, incrementando la polarización lo que a su vez incrementaría la fuerza y la resistencia de la burbuja.

Esta narrativa ha sido incorporada al discurso público en especial a raíz de que el consumo de noticias falsas se asociara a la victoria en las elecciones de EEUU de Donald Trump. Es muy frecuente encontrar artículos que se basen en ella para advertirnos de los peligros que el uso de las redes sociales puede tener para la democracia: por ejemplo, sólo dos días después del artículo de Science el Diari Ara publicaba un reportaje titulado Las redes te crean una realidad a medida para no incomodarte (Les xarxes et creen una realitat a mida per no incomodar-te).

La teoría de Pariser por tanto ha tenido una acogida excelente. Su gran problema es que no hay buenos datos empíricos que permitan afirmar que las burbujas informativas son el problema que se supone que son.

Y es que lo cierto es que hay evidencia de que los usuarios están menos atrapados por las burbujas de lo que se supone que están. Por poner algún ejemplo reciente:

El 7 de febrero de este 2018 el diario Público reseñaba un estudio a nivel europeo, llevado a cabo por el del Instituto Reuters y la Universidad de Oxford, cuyos resultados daban a entender el limitado alcance de las noticias falsas:

Menos del 1% de los usuarios de Internet en Francia e Italia han entrado en páginas que publican noticias falsas. La gran mayoría de ciudadanos dentro de ese 1% visitaron también portales de medios de comunicación contrastados para informarse, atenuando así el posible efecto de esas fake news. En materia de atención prestada a unos y otros, la comparación es insostenible: los franceses pasan 17 veces más tiempo en Le Monde que en las 20 páginas de desinformación más visitadas del país; los italianos, 59 veces más en La Repubblica que las 20 webs locales de fake news.

Por tanto, los usuarios de la muestra no parecían estar encerrados en burbujas repletas de noticias falsas por las que sólo circulaban sus puntos de vista.

En mayo de 2017 otro amplio estudio a nivel europeo que examinó el comportamiento informativo de más de 14.000 usuarios de Internet de 7 países distintos (entre ellos España), también halló que los usuarios no sólo restringían su dieta informativa a medios digitales, por lo que se crearían (al menos en teoría) situaciones propicias para pinchar las burbujas filtro.

En EEUU, donde la preocupación por las burbujas y las fake news es mayor que en Europa, la evidencia todavía es más contundente. Como muestra este hilo de Twitter de John Burn-Murdoch, los estudios apuntan que a la hora de crear polarización social los medios tradicionales, y entre ellos los medios partidistas, son el verdadero problema, mucho más que el consumo informativo en las redes sociales:

No sólo es que no contemos con buena evidencia para sostener la afirmación de que las burbujas filtro y las noticias falsas son las responsables de la división social. Es que, además, existe una nutrida literatura que muestra que las personas somos muy hábiles a la hora de discriminar información consumiendo sólo la que nos interesa, o bien exponiéndonos a información con la que no estamos de acuerdo sólo para examinarla más a fondo y para criticarla más duramente que aquella con la que sí congeniamos. (En este blog ya hemos hecho referencia a estos fenómenos en entradas como Los límites del pensamiento crítico y el poder de la comunicación)

Es por ello que las propuestas que defienden reforzar las habilidades de pensamiento crítico como medio para combatir la desinformación parecen insuficientes. E incluso un tanto extravagantes, como cuando se afirma que el problema está provocado porque los modelos educativos han privilegiado el libro de texto por encima de las habilidades de búsqueda y análisis de información. Cierto, las habilidades de pensamiento crítico siempre son necesarias, pero no hay más que darse un paseo por Twitter para comprobar que las evidencias son buscadas activamente por los usuarios, pero seleccionadas de maneras tendenciosas y utilizadas más como un arma arrojadiza con la que atacar al contrincante que como una herramienta para examinar la verdad de los asuntos.

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De hecho, la insistencia de que las fake news son en realidad un problema de falta de educación o de habilidades informacionales (aun en contra de la evidencia) ha dado a la lucha contra las fake news un cariz preocupante.

Identificar las noticias falsas y las burbujas filtro como las causas del deterioro democrático ha dado un impulso a ciertos sectores políticos, especialmente situados a la izquierda, en su combate contra la desinformación y en su defensa de la necesidad de información veraz como el medio para sustentar una democracia sana. Son nobles ideales, y muy necesarios, pero que están quedando peligrosamente desvirtuados . Esteban Hernández caricaturizaba esta tendencia cuando escribía:

La idea de fondo es la siguiente: hay unos hombres muy malos difundiendo información falsa, y como la gente es mentalmente limitada y se cree todo lo que le dicen en internet en lugar de leer los diarios en papel, pasa lo que pasa: que la democracia se deteriora y ganan los populistas y los rusos. Pero nada de esto ocurriría si los paletos siguieran leyendo la información que nosotros les proporcionamos. En fin, suena raro.

Es decir: parece ser que algunos sectores sociales y políticos se han convencido de que si no fuera por las noticias falsas no estaríamos soportando ciertos acontecimientos. Es como si no fuera posible que otros factores explicaran esos sucesos. Así la culpa sería de esa gente mentalmente limitada de la que habla Hernández, que se deja engañar y manipular. Si no se dejaran, si estuvieran realmente bien informados y educados, sería imposible que el mundo no fuera como ha de ser… y en la mayoría de los casos, ese “ha de ser” quiere decir más bien “como nosotros creemos que tiene que ser”.

Es conveniente repetir que las noticias falsas y las burbujas informativas podrían tener un papel en la polarización social. Lo que sucede es que, de tenerlo, el efecto todavía no ha sido descrito de manera convincente, o en todo caso sólo es un efecto leve que se sumaría a otras causas de más peso.

¿Qué causas podrían ser esas? A tenor de lo que podemos aprender de la historia, la sociología y la psicología, sería interesante pensar en el papel de fuerzas como la crisis económica y la consiguiente crisis de las clases medias, el auge de movimientos sociales enmarcados dentro de la llamada política de la identidad y su efecto en la vida política, el complejo panorama geopolítico,… No olvidemos, además, que hay otros agentes en el panorama informativo, como los medios tradicionales, los políticos, los analistas, los escritores e intelectuales,… todos ellos de diversas filiaciones y que seguramente tengan más peso a la hora de modelar la opinión de la esfera pública que los bots de las redes sociales con sus noticias falsas.

Con todos esos factores de peso, ¿por qué nos empeñamos en señalar a Internet como la culpable de la división social?

Quizá sea por nuestra tendencia a preferir explicaciones aparentemente simples sobre las más complejas. La simplicidad de una explicación es una cualidad que suele ser muy bien vista en el entorno científico, y que es preferida por el público en general. Pero la simplicidad no equivale necesariamente a verdad, y las explicaciones simples a veces ocultan otras influencias que, sumadas, podrían explicar mucho mejor un fenómeno como la polarización social.

Por otro lado, quizá también nos empeñemos en culpar a Internet por las altas esperanzas que se habían depositado en el poder transformador de la red. Ciertamente, la red ha producido cambios espectaculares. Aun así, aunque la participación en las redes sociales tiene claros efectos beneficios para la generación y difusión de conocimiento, nadie pareció en su día ser capaz de imaginar que habría problemas que no serían solucionables con una mayor participación de los ciudadanos en la red.

Conviene aquí recuperar un párrafo de otra entrada que dedicamos en este blog a las noticias falsas. La cita pertenece al artículo de Leon Hadar Why liberals are turning against the Internet, publicado en Quillette:

[…] los actores políticos tienden a culpar a los medios por sus pérdidas. Después de perder unas elecciones, o cualquier otra batalla política, la tendencia es culpar a alguien o a algo más por la derrota: una cobertura de prensa negativa, mezquinos anuncios en televisión, o malos consejeros de medios, o lo que sea. Al fin y al cabo, ¿por qué si no un gran candidato con un noble mensaje podría ser rechazado por el electorado? Al mismo tiempo, al analizar la política y las campañas políticas, los periodistas y los comentaristas están más inclinados a centrarse en lo micro (incluyendo las historias de los medios) a expensas de lo macro (como los cambios sociales y económicos) en un intento de explicar los sucesos políticos.

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¿Qué hacer al respecto?

Como he apuntado más arriba, abundan las llamadas a la necesidad de ejercitar un mayor pensamiento crítico en la búsqueda de información. Repetiré aquí que las habilidades de pensamiento crítico siempre son bienvenidas, pero que en mi opinión no me parece que de por sí eso sea la solución.

La información es buscada activamente por los usuarios de las redes sociales. Además, los conceptos pertenecientes al pensamiento crítico como “evidencia”, “prueba”, “sesgo”,… han pasado a formar parte del vocabulario de un buen número de internautas. La cuestión es, no obstante, que esas estrategias suelen usarse de manera altamente tendenciosas y partidistas, antes como un arma con la que atacar al oponente que como un medio para expresar la racionalidad.

Bien podría ser que la cuestión de base fuera ésa: una comprensión sesgada de lo que es la racionalidad, de cuál es su fundamento, sus límites y sus mecanismos. Esa comprensión sesgada puede observarse en comportamientos como las continuas llamadas a poner en duda la autoridad de los expertos, en el desacreditar los argumentos ajenos por lo que se cree que dicen en lugar de por lo que dicen realmente, e incluso por poner en duda el estatuto de los hechos mismos.

Pareciera como si lo que necesitáramos en mayor medida no sean tanto habilidades de pensamiento crítico como un curso avanzado de teoría del conocimiento. O al menos el compromiso de replantearnos seriamente hasta qué punto comprendemos lo que es el conocimiento.