Relatos De Un Serafín: Genaro (Parte III)

Tercera y anteúltima parte de la gran historia que cuenta el pasado del Hipaspista Genaro, antes de llegar a Mercedes y unirse a las fuerzas de la Unión de los Estados del Sur. 

Espero que lo disfruten y no se olviden de leer mis otros aportes, como también de compartirlos con sus familiares y conocidos!!

Para leer la segunda parte, ingresa a: Relatos De Un Serafín: Genaro (Parte II)


Hipaspista III


 

 

Genaro (Parte III)

 

Antes de que él terminar de hablar, ella comenzó a sollozar. El cuarto de los padres, aquel que compartieron por años, escuchaba por primera vez el gimoteo y los llantos de la madre de la familia.

  • ¿Por qué estás llorando? – Le preguntó Genaro, luego de envolverla entre sus brazos-. Ya te dije que todo va a estar bien.

Belén, de a poco, empezó a detener su llanto. Cuando finalmente dejó de lamentarse, Genaro se despegó de su cuerpo.

  • Sabíamos que algún día esto podría llegar a ocurrir – Le dijo-. Fue por eso que ideamos un plan de contingencia, ¿no?
  • Tienes razón – Respondió ella-. No por eso quiere decir que no íbamos a sufrir la despedida.
  • Es verdad – Afirmó-. Una cosa no quita la otra. Aun así, debemos actuar ya – Acotó, recto-. No sabemos cuánto tiempo tenemos ante de que los ataques comiencen. Ustedes deben irse a Calabria, en donde de seguro nunca arremeterán – Culminó.
  • ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer? – Quiso saber Belén, preocupada.
  • Una vez que Nahuel organice su transporte, de seguro seré enviado a la capital – Comenzó a explicarle, mientras tomaba su celular y escribía-. Los principales enemigos de seguro irán a por la Capital. Por lo que ustedes no deberían correr peligro.

El cachetazo que recibió fue seco, conciso y fuerte.

El francotirador, desentendido, buscó rápidamente los ojos de su amada. Al dar con ellos sólo encontró nuevas lágrimas.

Estuvo por decir algo, pero no pudo.

  • ¡¿Cómo puedes hablar de tu posible muerte con tanta tranquilidad?! – Le reprochó, enojada-. ¡Hablas de nuestra seguridad, pero ni siquiera te molestas en tomar medidas para asegurar la tuya! – Volvió a gritarle. 

Genaro siguió en silencio… cosa que a su mujer le molestó.

Cuando el mutismo, que duró más que unos míseros segundos, fue insoportable, ella se perfiló para darle un segundo cachetazo… el cuál se dirigió al cachete derecho del sujeto, pero que, aún con la velocidad a la cual iba, no pudo llegar.

  • Suéltame la muñeca – Le ordenó Belén a Genaro, impotente.

Él no lo hizo. Al contrario, tomó la otra con su mano restante y, una vez que su mujer pareció dejar de ser una amenaza, acercó su rostro al de ella y la besó apasionadamente.

  • Ya deberías saber por qué me enfoco más en su seguridad que en mi vida – Le dijo, luego de culminar el contacto-. Mi vida son ustedes. Yo voy a seguir viviendo, siempre y cuando ustedes también lo hagan. Por eso es que no me preocupo por mi bienestar, sino por el de ustedes, por el de mi verdadera vida – Culminó, tan firme y serio como siempre.
  • Eres un hombre bueno – Señaló Belén, rendida y sin más.
  • Ve a despertar a Jesús y a hacer los preparativos – Le pidió, en un tono amable-. Debemos estar en cuanto antes con Nahuel.

Luego de cambiarse, la mujer salió disparando a la habitación de su hijo. Genaro se quedó en la habitación, limpiando su artefacto bélico.

  • Lo único que le da sentido a mi vida son mi familia y las armas – Le susurró, al rifle-. Aun así, todos tenemos prioridades y tú no eres una de ellas.

Sin esperar a un comentario que nunca iba a llegar, el soldado preparó su equipo y tomó sus documentos de identidad y algo de ropa que guardó en un bolso.

Ya con todo preparado, se dirigió al comedor, en donde lo esperaban su esposa e hijo.

  • Papá, ¿qué está pasando? – Le preguntó el adolescente, que todavía se hallaba algo somnoliento.
  • Tendrán que ir a Calabria – Respondió, terminante.

Jesús abrió los ojos de golpe. Él sabía lo que esa palabra significaba.

  • ¿Qué estamos esperando para ir? – Señaló, sin perder el tiempo.

Genaro sonrió.