A velocidades lumínicas

pad¿Existe un Paraíso Terrenal llamado Internet? Antonio Escohotado, desde la óptica del que quiere estudiar, afirma que la Red es algo así como «la inteligencia en acto (νους ποιητικὸς1) que decía Aristóteles»2. El polémico autor de la Historia general de las drogas hace grandes elogios de Internet, unos elogios que muchas veces aparecen a pie de página en sus libros: «la Red emancipa el saber tanto de sus viejos soportes como de las credenciales que exigía cada archivero, supliendo un clic sencillo o do­ble los recursos, el tiempo y la energía requeri­dos para peregrinar por bibliotecas»3. Y es que, según Escohotado, la Red, además de ser «el Paraíso terrenal» para aquellos que estudian, es una suerte de revolución para la historia hu­mana «comparable o superior a la deriva de descubrir el fuego y la rueda». La visión para­disíaca que nos dibuja Antonio Escohotado con Internet suele estar minada por toda clase de solventes pensadores y, también, por todo tipo de personajes que acaso dejan mucho que de­sear en el ámbito del pensamiento. Fernando Savater, refiriéndose a estos últimos, advierte que no deberíamos dejarnos convencer por una suerte de predicadores que pudelan en torno a nosotros, incluso, añado yo, por la misma In­ternet, que «atribuyen las deficiencias espiri­tuales de nuestra época»4 al abuso de Internet. Pero si alguien se va a preocupar por ello, nos dice Savater, será mejor que se consuele en la medida en que tales lamentos «se han oído en todas las épocas, acusando a diversos y sucesivos inventos: la imprenta, la máquina de vapor, la bicicleta, la radio galena, el ferrocarril, el bidé, la electricidad, la píldora anticonceptiva, la olla a presión… ¡Platón reprochó a la escritura la pérdida de memoria de los humanos […]»5. Esos predicadores, remacha el filósofo de San Sebastián están convencidos de que los avances tecnológicos corrompen al espíritu humano y disipan las virtudes «en vez de aceptar que son nuestros tenaces vicios los que acaban pervirtiendo los inventos más beneficiosos».

César Rendueles hace una dura crítica a la Red en su vertiente político-social, esto es, Internet como herramienta social de participa­ción y compromiso político: «básicamente pienso que Internet no es un sofisticado labo­ratorio donde se esté experimentado con deli­cadas capas de comunidad futura. Más bien es un zoológico en ruinas donde se conservan deslustrados los viejos problemas que aún nos acosan, aunque prefiramos no verlos»6. La Red, bajo el punto de vista del filósofo de Giro­na, no logra que haya una mayor participación activa por parte de la ciudadanía: «la verdad es que el libre acceso a Internet no sólo no conduce inmediatamente a la crítica política y a la intervención ciudadana sino, en todo caso, las mitiga»7. De Inter-net no se sigue una in­ter-subjetividad, a pesar de que la Red une a diferentes sujetos por diferentes canales digita­les, por lo menos ete es el parecer de Rendue­les: «Internet genera una ilusión de intersubje­tividad que, sin embargo, no llega a compro­meternos con normas, personas y valores»”.

En el artículo Hombres ricos y hom­bres pobres (en datos)8, Daniel Innerarity ob­serva un vínculo entre Internet y el liberalis­mo9, en su versión económica, que remite a la desigualdad. Según el filósofo, «la red es un espacio abierto y descentralizado […]. Al igual que el mercado tiene una estructura igualitaria, pero muestra las mismas limitaciones inheren­tes a todo sistema de agregación, entre ellos, una peculiar promoción de la desigualdad». Desde la perspectiva de Innerarity, las desi­gualdades que se dan en la Red vienen dadas por diversas causas, a saber, desde el ciudada­no que no tiene medios para acceder al cibe­respacio, pasando por la falta de formación u orientación, el efecto Mateo10, hasta los algorit­mos de los buscadores, unos algoritmos que crean «un universo meritocrático que confiere una visibilidad desproporcionada a las páginas web más reconocidas, exacerbando así las desigualdades». Atribuye Innerarity, por lo demás, un grado de inconsciencia a los internautas, pues considerándose éstos autónomos y libres, en verdad no lo son en la medida en que los algoritmos informáticos que hay tras la Red registran sus acciones de tal modo que, al cabo, quedan los mencionados internautas atrapados por su propio pasado.

Nicholas Carr escribió un artículo que se hizo popular por la polémica que introducía: ¿Google nos vuelve estúpidos?11 Este artículo se centró en la cuestión de si la Red provoca una merma en nuestra capacidad para leer y pensar profundamente. En el libro Superficia­les, el escritor estadounidense analiza con de­talle esta cuestión, llegando a la tesis siguien­te: Internet está cambiando nuestro cerebro y el modo en que pensamos, provocando radica­les dificultades de atención y profundización a raíz de las continuas distracciones e interrup­ciones que aquélla causa. «Hace mu­cho que la investigación psicológica demostró lo que la mayoría conocíamos por experiencia: las interrupciones frecuentes dispersan nuestra atención, debilitan nuestra memoria, nos pro­vocan tensión y ansiedad; y cuanto más com­plejo sea el pensamiento en el que estábamos, mayor será el daño que causan las distraccio­nes»12. Esto significa, en opinión de Carr, que el ser humano es cada vez más incapaz de leer un libro y comprender textos largos. A la pre­gunta qué está haciendo Internet en nuestras mentes, el escritor americano responde: «In­ternet fomenta el rastreo, nos hace ser muy buenos haciendo multitareas, pero perjudica nuestra capacidad para mantener la atención, nos hace menos contemplativos y reflexivos y por ello erosiona nuestra capacidad de pensar de forma autónoma y profunda. Tiene muchas cosas buenas, es muy eficaz para acceder de forma inmediata a la información y nos permite contactar con nuestros amigos. Las nuevas tecnologías con útiles y divertidas. Por eso las usamos. Pero tienen un precio, el debilitamiento del pensamiento más profundo, conceptual, crítico y creativo, que necesita reflexión y aislamiento y no la distracción permanente que supone conectarse. La capacidad para centrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual y en muchas formas de creatividad».13

1Fraile, Historia de la filosofía, pág. 444: “En el libro III De anima insinúa Aristóteles otro mecanismo psicológico para la formación del concepto universal en dos rápidos pasajes, me­diante la metáfora de la iluminación del entendimiento agente. Las sensaciones múltiples y particulares procedentes de los sentidos sufren una primera depuración y unificación al ser re­cibidas en el sentido común. De aquí pasan a la fantasía, pero conservando todavía su particularidad. Sobre las imágenes de la fantasía actúa el entendimiento agente, despojándolas total­mente de su materialidad y particularidad por medio de la «ilu­minación» (φωτισμός), haciendo aparecer en ellas la idea uni­versal, representativa de su esencia, la cual actúa sobre el en­tendimiento pasivo”.

2Este símil lo utilizó en una entrevista que concedió al periódico “El Español” en mayo de 2015.

3Eschotado, Los enemigos del comercio II, pág. 51.

4Savater, Moderno, ELPAÍS.es en abril de 2017.

5Ibíd.

6Rendueles, Sociofobia.

7Ibíd.

8Artículo de Daniel Innerarity publicado en el ELPAIS.es en fe­brero de 2016.

9«En su versión economicista, los liberales defienden la capaci­dad de la sociedad de organizar confiando al mercado la tarea de reflejar lo que los Estados deshacen; en su visión libertaria, estaríamos en un mundo articulado por la agregación de la multitud sin autoridad central. Lo que unos y otros parecen ig­norar es que de este modo se replican también las jerarquías y desigualdades sociales».

10Innerarity constata que «quienes ya están bien relacionados en el espacio físico lo están también en el espacio virtual».

11Publicado en The Atlantic en el 2008.

12Carr, Superficiales, pág. 124.

13Esta respuesta forma parte de la entrevista que Nicholas Carr concedió a La Voz de Galicia en abril de 2011.