Carta a mi Abuelo (borrador)

Screen Shot 2018-06-21 at 2.59.54 PMQuerido abuelo Rodríguez:

Por todo lo que pasó entre tú y mi papá, yo te perdono.

No había nacido aún cuando ustedes tuvieron sus diferencias y entiendo que de aquellos desafortunados incidentes a la fecha han pasado muchos años, o en tu unidad de de tiempo, han ocurrido muchas muertes.

Fue a los 16 años que supe de la enemistad entre ustedes. La misma edad en la que él te vio por última vez. Ni siquiera hoy tengo los detalles del porqué mi papá decidiera firmar sólo con el apellido materno, Santana. Pero juntando fragmentos que él masculla al hablar de ti, entiendo que más que de una costumbre de bastardo, se debía a una obstinada resistencia a conservar de ti cualquier remanente.

Al naturalizarse en otro país formalizó ese rompimiento, ese odio entre ustedes. Eliminando sin anestesia la apendicitis que significaba para él el apellido Rodríguez.

Sé que te gustaría verme ahora y compartir conmigo, pero ese tiempo aún no ha llegado.

Eras un hombre seco, fuerte, ¿estricto? Según he escuchado golpeabas en la cabeza a cualquiera de tus hijos que al sentarse en la mesa levantara o acercara el plato a la boca. Haciendo temblar los cubiertos y vasos de agua de todos sentados allí por el salto involuntario del niño al recibir el violento manotazo. Siempre a esto acompañaba una tensa calma y el sabor pastoso de la comida con lágrimas.

Al decir que sé que te gustaría compartir conmigo, entiendo la sensiblería implícita en esas palabras que poco tienen que ver con el carácter descrito. Pero lo sé, de otra manera no explico las frases que diariamente susurras a mi oído ante cada pequeño fracaso, ante cualquier decepción mía en la vida. Has redoblado tu llamado después de mi última decaída que ya le quitó cualquier esperanza a tu hijo de ver en mi una mejor versión suya. Ven al lugar donde nadie puede reclamarte nada, yo te ayudo, me dices, como para alejarme de él y aplicarle así tu último castigo.

Nada puedo ordenarte, sería absurdo pensar que me obedecerías. Pero ojalá pudieras entender que susurrarme ideas de muerte al oído haría de nuestro encuentro un momento más de dolor en nuestra historia familiar. Si continúas apresurando la soga al cuello, mayor sería mi disgusto al verte. Tendría razones para odiarte.

Por ahora confórmate con saber que no te desprecio, tal como mi papá lo hace.

Regocíjate con saber que parte del tiempo que me queda lo utilizaré para conocerte más y contrastar la historia que mi papá dice de ti con la de sus hermanas, que parecen adorarte sin comedimiento.

En definitiva, prepararme mejor para nuestro encuentro. ¿Qué le importan unos años más a quien tiene la eternidad por delante?

Parece un chantaje para que me des mas tiempo y quizás lo es. Yo hace mucho dejé de emocionarme con la idea de un encuentro entre nosotros. Cuando descubrí que mi papá mintió sobre la fecha de tu muerte, para mi siempre estabas vivo. Podías atravesar la puerta del frente de su casa en cualquier momento, aunque sabía que eso significaba que tu hijo saldría disparado por la puerta de atrás, convirtiéndose él en el celaje. Tuve la certeza de tu partida al ver tu recordatorio y recorte de obituario en casa de mi tía Alba.

Ayer mientras meditaba me llegó una versión de esa imagen recurrente que nunca he podido eludir. Al cerrar los ojos siempre me imagino sentado frente a un río de poca profundidad donde, depende de lo que me atormente en el día, veo el agua correr de forma calmada o caudalosa. Casi siempre apareces al otro lado del río, con una mano bajo la barbilla y escupiendo una moneda.

No logro mantener los ojos cerrados y los abro con determinación para disipar la mente y retomar el ejercicio. He repetido esa acción tantas veces que ya ni siento culpa o me molesto contigo como al principio. Esta vez, sin embargo, no podía abrir los ojos y sentía el peso de una moneda bajo mi lengua. Como si fueras tú el que estuviera en la otra orilla meditando y yo la imagen intrusiva que te recuerda que estamos unidos. Eso, más que oír tus susurros, me desconcierta.

En la tarde decidí crearte un pequeño altar, conseguí dos velas que corté a la mitad y las puse delante de una foto tuya o algo parecido a ti. ¿Te gusta? No puedo dejarlas encendidas todo el día, como has podido ver, porque las descubrirían y pensarían que no estoy mejorando.

Pero estoy mejorando. De otra forma no explico el poder articular estas palabras y dirigirme a ti firmando con tu apellido, que es lo que más te quita el reposo.