El reino de los intocables.

Las nuevas generaciones adoptan una vida casi virtual y unas horas de des-conexión es la hecatombe de sus vidas. Todo gira en sus teléfonos móviles, dispositivos personalizados de imposible acceso para esos padres…

Lialdia.com / Felipe Mendoza C. /  Long Island/ New York/ 3/3/2018- Por un momento hagamos un flashback a esa época en la que usted considera se sentía una persona plena, simplemente eso, una persona plena. Cabe destacar que el concepto de plenitud no es lo mismo para todos los grupos sociales. Pero, usted imagine su propia plenitud, ¡es suya! y es basada en sus creencias, experiencias, educación, dificultades, comodidades e infinidad de circunstancias que lo llevaban a pensar que esa es su plenitud.

Ahora bien, siendo usted aún un niño, tenía a su cargo una serie de responsabilidades éticas y morales, haciendo más difícil aislarse de todas las cosas que día con día aprendía. Por ejemplo, le enseñaron a saludar al llegar y a despedirse antes de partir. Con el paso de los años, el comportamiento repetitivo de este aspecto le hizo conservarlo con usted. Además, le fue dicho que el uso apropiado de este comportamiento es aprobado por la sociedad y muestra de educación. De hecho, puede que también le hayan enseñado a no salir de casa sin dejar su habitación en completo orden. Esto, son solo dos ejemplos de la infinidad de enseñanzas casi obligatorias, supuestamente como garantía para el éxito, ó como una base para lograrlo.

Lo cierto es que las normas básicas y las no tan básicas que los mayores enseñaron, ya sea en casa o en la escuela, forjaron generaciones de personas trabajadoras, fuertes física y mentalmente, comprometidas con ellas mismas, con los otros seres humanos y con la mínima conciencia del medio ambiente. Por supuesto, por ahí estaban los que no sacaban la cara, ni por la ventana. Ya sea que el cumplimiento escalonado de ese aprendizaje primario le haya ofrecido la oportunidad de ser el hombre exitoso que anhelo, o haya fracasado. Si podemos decir que esa metodología ofrecía una Supernova de respeto.

 En cierto momento del crecimiento socio-economico del mundo, la televisión se convierte en el principal problema para las familias de todos los continentes donde se tenía acceso a la mágica caja de imágenes. Los niños pasaban más tiempo frente a sus televisores y la principal fuente de ocio infantil se desplazó de los parques, a la comodidad del sofá. Tanto así, que la primera acción al regresar a casa era encender la televisión. Entonces, algo tan simple como saludar, empezó a quedar en el viejo cuarto de los trastes. Frustrante y desafiante se mostró la tv ante los padres y encantadora ante las pequeñas esponjas del hogar. Sin embargo, para ese momento algunos adultos tomaron fuertes decisiones estableciendo normas para el uso de la caja mágica, mitigando un poco el aislamiento de sus hijos y manteniendo de este modo un contacto más personalizado.

Tiempo después aparece invisible y novedosa la Internet. Si la televisión les causó problemas por falta de carácter a algunas familias, la Internet llegó y se expandió como virus por la tierra, aislando por completo las familias con previas dificultades de comunicación. Ciertamente, los avances tecnológicos no son el problema. El problema es la falta de tiempo para compartir con los hijos, con las familias y el mal uso de las herramientas que llegaron para facilitar los procesos de aprendizaje.

 Las nuevas generaciones adoptan una vida casi virtual y unas horas de des-conexión es la hecatombe de sus vidas. Todo gira en sus teléfonos móviles, dispositivos personalizados de imposible acceso para esos padres distantes y aún más complicado para aquellos que se sienten amenazados por la Internet y sin verla les aterroriza interactuar con ella.

 Esta generación en casa no respeta a ninguno de sus padres o adultos responsables, son ellos quienes ordenan el menú a servir en su habitación y raramente disfrutan de la cena en el comedor junto a personas físicamente presentes. En los aislados casos que llegan a la mesa, el teléfono los escolta y es el primero en degustar los alimentos antes de ser pública la foto en redes sociales.

No limpian la habitación, no saben cocinar, la lavadora la usan porque es touch, no les interesa conocer de sus padres, las reuniones con amigos se basa en cuerpos inertes pero, de enérgica vida virtual. Salen de casa sin pedir permiso, manipulan a sus padres, no se les puede gritar, pues gritarlos “altera su desarrollo emocional” y si lo llega a abofetear, con seguridad usted termina tras las rejas y ni se le ocurra enseñarle a ser productivo con ellos mismo, usted será acusado de explotación infantil y otra vez su libertad se ve en juego.En los casos más extremos de debilidad mental, terminan con un suicidio,  eso sí, no sin antes dejar una carta de culpabilidad a quien ellos creen le vulneró sus derechos al cambiar la contraseña del wiffi y a obligarlos a compartir una comida familiar.

Pero si en casa son difíciles de controlar, imagine lo que ocurre en la escuela. Son los reyes del libertinaje, son apáticos y la utopía es su fuerte. En el hipotético caso donde el maestro intenta corregirlos por sus faltas, este, corre el riesgo de terminar destituido, preso y muerto profesionalmente ante una falsa acusación de su alumno.  ¡Son intocables! y ellos saben aprovechar eso. No cumplen con su obligación de estudiantes, no obstante esperan notas de mejor calidad y al no obtenerlas también se quitan la vida. Pero, lo hacen con una transmisión online. Como sea, buscan reconocimiento, admiración o  compasión. Claro que.. No todas las personas encajan en la generación mencionada, aunque hayan nacido en la misma época.

 Los más fuertes comienzan a endurecer la fibra moral y a construir un blindaje espiritual dejando el humanismo y viajan a velocidad cineasta de nave inter-espacial en busca de inteligencia artificial y todo lo que facilite la vida y permita reconocimientos, dinero y la fama, siendo los teloneros de una entrante sociedad fría.