Relatos De Un Serafín: Antiguos

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  • Sabes que una vez que crucemos esa puerta no hay vuelta atrás, ¿No? – Me preguntó mi colega, mientras quitaba el seguro a su ametralladora semiautomática.
  • Sí, lo sé muy bien – Respondí, indiferente-. Pero esto es algo que simplemente no se puede evitar. Todos los que se encuentran al otro lado de la puerta, en la otra habitación, deben de morir.

Creía tener razón. En la morada a la que estábamos a punto de ingresar se encontraban los hombres y las mujeres que podrían destruir todo lo que la Organización había creado. Allí adentro, las mentes más brillantes y respetadas aguardaban por su momento. Estaban esperando, atentos, a que alguien los convocara. Se hallaban impacientes, puesto que desde hace años estaban escapando y ocultados en las sombras, cómo infectados. Aun así, no habían perdido la esperanza de que alguien, en algún día, entraría en contacto con ellos, los Antiguos e Innombrables, para hacer uso de sus fuerzas bíblicas y así derribar al imperio que había nacido luego de las Noches De Guerras.

  • ¿Escuchaste eso? – Me preguntó mi camarada, y en voz baja, que se había puesto en una posición de alerta-. Creo que es una voz que proviene de adentro.
  • ¡Es imposible! – Clamé, por lo bajo y al mismo tiempo que también le quitaba el seguro a mi arma.
  • Acerquémonos para oír mejor – Me ordenó.

Ni corto ni perezoso, ambos soldados nos acercamos a la gran puerta de madera que separaba nuestra realidad de otra completamente diferente.

Cómo los Picos Negros supieron ser una molestia en nuestra iniciativa de poder escuchar lo que supuestamente allí se debatía, no tuvimos más opción que quitárnoslos. En tiempos de la Unión De Los Estados Del Sur esto hubiese sido penado, pero ahora, que pasó una década de su disolución, podíamos sentirnos libres de poder hacerlo.

Así, con nuestros rostros al descubierto, nos propusimos a escuchar.

  • Hermanos, he ido a Roma y lo he visto con mis propios ojos – Manifestó aquella voz, honesta e inflexible-. Venden la salvación del alma que sólo Dios puede conceder – Fue lo que acotó, para así realizar una pequeña pausa y luego, con ferocidad, exclamar-. ¡Ya Basta! ¡Rechazamos la autoridad del Papa!

Bastó una señal de mi compañero.

En un instante tumbamos la puerta y comenzamos a dispararle a todo aquel que se encontraba en la sala… nadie debía sobrevivir.

Fue entonces que, una vez que los disparos cesaron y la nube de polvo que se había formado por los mismos se disipó, otra voz sonó en la sala.

  • Luego de decir esas palabras, nació la Reforma Protestante, acto de Martín Lutero que tuvo enormes consecuencias no sólo desde el punto de vista religioso, sino también desde el político en toda Europa – Comentó el narrador-. Para escuchar las “95 Tesis” de vuelta la cinta.
  • Faltó ese grabador – Dije, para así caminar hasta una de estudio y destruir de un golpe aquel primitivo aparato electrónico-. Los eliminamos a todos, ¿No? – Pregunté.
  • No, sólo los lastimamos – Me respondió-. Los Antiguos sólo mueren con fuego. Sí utilizamos las armas, sólo era porque creímos que estaba la posibilidad de que alguien estuviera aquí. Nada más.
  • Claro – Ratifiqué-. Supongo que, desde ahora, vos te encargaras.
  • Sí – Me confirmó-. Puedes esperar afuera mientras termino con el trabajo.

Solamente asentí. Para cuando salí de la habitación, las primeras llamas se habían formado y el nombre de la sala, “Biblioteca De La Secundaria San Patricio”, parecía iluminarse, cómo una pequeña y débil antorcha en la negrura de un mundo desolado.

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