Relatos De Un Serafín: Arriesgarse

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  • Cómo te acabo de contar, mi historia se resume en una vida sin apostar – Aceptó el hombre, mientras bebía con fiereza un poco de vodka barato-. Nunca arriesgué y, por eso mismo, nunca conocí la derrota o el fracaso.
  • ¿Y qué hay de malo con eso? – Le pregunté, intrigado, mientras hacía un esfuerzo sobrehumano por digerir el horrible café que él me había preparado-. Para cuándo te conocí, ya estabas en la cima. Eras y eres el mejor. Todos querían ser igual a vos. Todos queríamos lograr esbozar una sonrisa que fuese lo más parecida a la tuya: Llena de confianza y que no transmitía conocer la duda.
  • Al no haber nunca arriesgado, no llegué a comprender el sublime gozo de transgredir las barreras de la incertidumbre y lograr aquello que, aunque no lo parezca, anhelaba alcanzar… por más que supiera que también estaba la otra posibilidad; la de que nunca la tendría – Me respondió, con ese lenguaje tan rico y trabajado-. A lo largo de mi vida preferí quedarme en mi zona de confort antes de jugármela por algo que podría ser mejor. ¡¿Pero quién puede culparme?! – Preguntó, clamó y maldijo-. No quería sufrir en ese momento; no lo quiero tampoco ahora.
  • Nadie quiere salir lastimado – Acoté, sin más-. Pero, ¿Por qué me decís eso ahora y en éste preciso momento?
  • Porque sé que en tu vida vas a llegar muy lejos y gozarás del éxito que sólo algunos pueden lograr a alcanzar y que la mayoría sólo terminando soñando – Me contestó, nuevamente tajante y con ese despliegue de palabras que no dejaba de asombrarme-. Serás el mejor en lo que hagas y serás feliz, pero una vez que tengas mi edad, cuándo sepas que el peso de la muerte comienza a cernirse sobre tu vida, cuándo aquellas cosas que tanto deseaste comiencen a estar fuera de tu alcance, te replantearás sí estuvo bien no haber arriesgado; no haber intentado.

Esbocé una sonrisa que se parecía en una mínima fracción a la que solía bosquejar el hombre a mi frente. Sabía que él hablaba con verdad, puesto que no necesitaba de que alguien me dijera que hasta ese entonces había vivido para no fracasar… y, por ende, para no arriesgar.

  • Supongo que sí estoy hablando contigo, es porque sabes que tengo que cambiar mi formar de actuar en las próximas decisiones que tome, ¿Verdad? – Le pregunté, intuyendo que sí ahora mismo estaba charlando con él, era porque necesitaba cambiar.
  • Así es – Afirmó, mientras volvía a llenar el vaso Old – Fashioned con ese dichoso aguardiente para así ingerir el contenido de un sólo golpe y acotar-. Te estoy diciendo esto porque sé que sí no arriesgas con ella ahora, no lo harás con nadie más en el futuro.

De repente – y para la sorpresa del viejo hombre – comencé a reír cómo un desquiciado. El sujeto no tardó mucho en comprender lo que estaba pasando.

Así, al momento en qué yo entendí que él ya lo sabía, el anciano se levantó y caminó a la nada misma, en silencio.

  • Sé que no voy a fallar con ella – Comenté, sintiéndome lleno de confianza y con la sonrisa más imponente que nunca se hubiese visto en los interiores de Aries.
  • ¿Por qué lo decís? – Me preguntó el viejo, antes de desaparecer.
  • Porque a raíz del mal trato que tuve por parte de mi padre, producto de su alcoholismo, me prometí a mí mismo no arriesgarme a tomar ninguna bebida alcohólica, por miedo a caer en el pandemónium en que mi antecesor se hundió – Le revelé, al momento que dejaba el horrible café de lado, tomaba la botella de vodka casero y me lo servía en el vaso vacío que supo ser del anciano. Así, al igual que el viejo, lo tomé de un sólo trago y me dispuse a preguntarle-. Está bueno que, al final, me haya arriesgado a tomar alcohol. Aún así, ¿Tan malo soy a la hora de producirlo?

Esbocé una sonrisa antes de desaparecer en la negrura completa, dejando a un joven con su vodka barato y la fuerza de voluntad necesaria para arriesgarse por lo que quiere… y lo que desea.