Relatos De Un Serafín: Feliz

¿Estará bien? ¿Le habrá pasado algo? ¿Tuvo algún percance?
Muchas eran las preguntas que me hacía y ninguna apuntaba a tener una pronta respuesta.
Yo me encontraba excitado. Con pocos momentos de descanso encima y la ilusión de volver a verla, sentía a cada hora, a cada minuto, cómo mi ilusión se manifestaba – para mí desgracia – en eso mismo: una ilusión. El libre albedrío de creer que ella iba a estar allí, esperándome y para mí, fue motivo más que suficiente para decidir a embarcarme en ésta aventura que implicaba utilizar el sendero del cordero para ir a Cáncer. Ahora, mirando a través del bello techo de madera barnizada, desde la comodidad de una cama matrimonial en la que me encontraba, surgían esas malditas dudas que me devoraban por dentro y llevaban a preguntarme aquellas cosas a lo que nunca les quise dar respuesta: ¿Me estaba enamorado? ¿Tanto era mi deseo por verla que dejé de lado aquella desconfianza que me solían transmitir las mujeres de lado y que tanto daño me hizo? ¿Realmente esto es “estar sólo”?
Quizás así lo era, quizás la amaba; quizás sólo quería escapar de las empalagosas garras de los Bienaventurados y mí familia para disfrutar con alguien de mi sintonia. Quizás, sólo quería tomar algo de alcohol hasta olvidar los problemas que tendría que afrontar al regresar; emborracharme lo más rápido posible para así desahogarme con alguien que sé qué iba a escucharme… quizás, simple y llanamente, quería ser, por un mísero y efímero momento, feliz.
Pero eso ya no importaba ahora.
Entre pensamientos, no había notado el momento en que mis hijos, Gabriel y Exequiel, saltaron a la cama que compartía con su madre, aquella en la que descansamos por más de 25 años, para comentarme que la mujer a la que le había dado el “sí” me estaba esperando para desayunar, con las tostadas calientes y crujientes cómo a mi me gustaban y esa sonrisa que nacía del amor puro que sentía por mí… aquel que era innegable a la vista de mis ojos color miel.
Sólo me preguntaba sí ella, a través de sus boscosos y misteriosos luceros verdes, ya se había dado cuenta que ya no la amaba… creería que sí.
Estaba cansado de pensar. Estoy cansado de actuar con lentitud.
“¡Sólo quiero ser feliz, maldita sea!” fue lo que gritaba a mis adentros mientras mis niños saltaban en la cama.
Sólo quiero ser feliz.
Entonces fue que Gabriel habló.

  • Papá, ¿Vas a venir a desayunar? – Me preguntó, extrañado ante mi mirada perdida.
  • Sí, sólo dame un segundo que me cambio – Respondí, esbozando una sonrisa forzada.